domingo, 6 de julio de 2014

Romance



No aquel de amores físicos,
si no aquel de amor joven.
Que le gusta soñar actuando,
como si el mundo fuese pequeño

Que con los años se pierde,
que la vejez nubla, vislumbra;
gusta de ver perfección,
apetece de todo infinito

Es el ideal cambiante.
La pizca de rosa vida.
Prefiere ilusiones, sueños;
lugares remotos, de fantasía

Mirada de inocencia negligente,
que trata de saber caminado;
cree lo que apenas piensa,
idealiza la fe de su razón

Sucumbido a caer en depresión
cuando las verdades nazcan,
Y las sociedades hablen por sí:
voltear a la mediocridad, de nuevo

Romance que impulsa levantarse,
volver a enamorar el arte;
la vivencia de creer, sin fin,
como la adolescencia más pura

Actuar en convicción, en libertad.
Contra la guerra, con ella.
Cortejar la misteriosa realidad,
y besar la conclusión, la paz real.

Carlos Rabía 2012

Inspirado del libro "El Hombre Mediocre" de José Ingenieros, esta obra poética representa la atracción que tiene el ser sobre su propio ideal; y no es de aquellos sino los enamorados, que persiguen y continúan con su cortejo hasta lograr salir de la mediocridad. 

viernes, 6 de junio de 2014

Último aliento veloz



Siempre había imaginado
una muerte ojos cerrados,
golpes de los cielos azotando
todo el resto de mi destino

Un dolor tan fuerte y momentáneo,
pero acogedor y placentero,
sin soltar una palabra,
que la mirada caiga al telón

El último latido lluvioso,
un respiro que termine con el aire,
mundo que nublado acabó conmigo
y traicionó en mi estupidez

La sangre toca el pavimento,
el olor del fuego transpira mi piel,
Soy uno con la muerte
y dos con el cuerpo


No deseo abandonar el piso
por una cama o ataúd,
que siga lloviendo de pasiones,
con puertas anchas a mis preguntas

Pero los cielos no abren a deseos
se terminan con mentira.
Con acero atravesado por mi piel,
la vida me ha sido adrenalina.


Carlos Rabía 2010

De las emociones más oscuras y tristes, este poema nos trae las palabras de un alguien que da sus últimas palabras a la hora de su muerte. En medio de la tragedia y desespero de un accidente de auto, los lamentos yacen en la cuna de un mundo incierto.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Guía impráctica: Morir



El fin y la conclusión, nos encantan. Un libro no es bueno si no concluye con una sorpresa increíble, no es un final si no llega al fondo de tu razón, de tu emoción. Terminar es algo que deja un sabor en la boca de manera muy intensa. Como si todo lo recorrido se transmitiera al instante, en una última frase, en la dicha de palabra final. Nos jactamos de gustar todo el recorrido, el camino, el gozo del plazo fortuito, pero lo único que queremos es ver cómo culmina ese lapso de salivas perdidas, de sudor sufrido. No nacemos sino para morir, el hombre es la muerte. Consumar en la muerte debería ser el rezo de los mortales, no hay salida, no hay brecha de oportunidad. Por tal motivo, su rito, el final, debe ser más grande que uno mismo, más fuerte que todos juntos. Hay que aprender a morir. 

El arte de morir

Lejos de aceptar la muerte, el acto continuo de culminar tu deceso, es todo un arte. Me atrevería a decir que es la punta del arte. Ni artista, músico, escritor o científico famoso, se han quejado de su muerte trascendente. Murieron con la carta de su trono puesta en boca de todos. Y no es sino su fin, lo que ha llevado sus nombres a lugares aún más remotos que su alma. La mente de los conocedores está llena de personas que no existen, personas que sólo se presumen de haberlo hecho. Se opina de su trabajo, incluso incorrecto; se discute de su ingenio, aunque sea obsoleto; se cita de su nombre, a pesar de sufrir de pecado. Los hombres sólo buscan postrar su patrimonio racional con los demás hombres. No se puede morir sin libro, como no se puede dormir sin un sueño. Todo el mal que esos hombres de revolución hicieron, son perdonados. Las atrocidades para llegar a su obra, son olvidadas. Y no son ellos quienes lo ocultan, simplemente es un agradecimiento a su aportación a nuestra estúpida idea de seguir progresando, de sobrevivir como especie, de aspirar a eternos. 

Todo lo que deseas

Hombre culto, individuo soso, os presento la guía exacta, e imperfecta, para morir, dejar de ser humano. Si tu objetivo es ser famoso, muere; si tu deseo es ser feliz, muere; si a lo que aspiras es ser más que tú, muere. Encontrarás en la muerte algo más que simple vacío, eternidad o descanso. Sin importarme en realidad tu rito extraterrenal, sabes que dejarás tu seco paladar en el suelo, al menos, en lo que otros te mencionan. Pero haz de esas menciones, algo más que lamentos. Haz que valga la pena tu sufrimiento de vivir. No escribas un libro, si lo que quieres es vivir; no hagas amistades si lo que te conviene es trascender tu ser; no te mejores si quieres dejar un libro de mortal. Hay mucha plaga, incluyéndome, de escritura sin placer. Todos creemos tener algo que decir, cuando ya ha sido pensado por otros cientos. Me conviene, claro, escribir; sin embargo, me es mera utilidad, no la considero mi gran muerte. Para la muerte hay algo mejor, algo excelso, inmensamente diferente a lo que conocemos como tragedia, como vida, como tiempo. 

Lo que pide la vida

Morir es una acto absurdo, y como tal, su proyección puede ser tan inútil como íntimo. A tus cincuenta años, sabio, con experiencia, tu vida ha sido mera coincidencia. Con hijos, amores, trabajos, amigos, propiedades, objetos, emociones y errores por doquier, todo se ha plasmado como una cicatriz en el tiempo. Una raya que se desfiguró por tus negligencias, por los actos que te aquejan, los errores que aceptas, los tantos defectos que te acomodan. Eres una persona vivida, a pestes del pasado, en quiebra de libertad, carente de juventud y banquero de arrugas. Ni las heridas te sientan bien, porque se pierden en la piel que ya no presume desigualdad. Eres uno de tantos, que han vivido, que han sido mortales, felices, agraciados y desgraciados. De esos muchos que son buenos, que son malos; que tienen aspiraciones, logros y decepciones. Eres un hombre, uno entre humanos, que perece su otra mitad de la vida. ¿Qué sigue? Sigue la muerte. No morir en ese instante, no pensar en tu fecha de muerte, pero sí en morir. No viéndolo como dolor ni lamento, lagrimas o miedo. Ahí está tu vida, ahí esta tu conclusión ¿Quieres ser un buen libro? ¿Quieres ser una buena persona? ¿Quieres ser feliz, a pensar de que no sentir tal sentimiento?

Yace para ti

Que las tormentas no te asusten, ni los gritos de olvido te espanten. Estarás sin cuerpo, no me interesará tu presente, pues no lo tienes. Qué es de ti, sino tu pasado, que insiste en dejarme lealtad a tu imagen, al susodicho nombre que llevabas. Muere a tu manera, compañero de mortalidad, muere como si estuvieras viviendo. Deshazte de tu cuerpo como si quisieras que fuese para siempre; insiste en tus refranes como la biblia en la iglesia; desperdicia tus segundos últimos en tu compañía menos cercana, tú mismo; quítate tu nombre y dáselo al joven que no sabe morir aún. Haz de tu muerte una gran tragedia, una que no hubieses planeado; mátate en honor a tu pasado, al futuro del pasado; di como en los días que no sabías que ibas a morir, que la vida era buena, que no se veía su final; piensa como cuento que no pretende terminar, sólo da vueltas al final que sabes cómo acabará, pero prefieres ignorar. Dejemos que el tiempo sorprenda, quitando la posibilidad de arrepentirse, de hacer algo más. 

Muere

Muere, tú, en tu cama, en tu suelo, fuera del planeta o dentro de un agujero. Muere, si te colmas de lo sabido, de lo desconocido, de la mentira que fue vivir. No es otra cosa, que acabar, plácidamente, una etapa digna de concluir. Déjanos, muertos, morir a mí, a todos, agonizar del no futuro. 

sábado, 19 de abril de 2014

Acostado en la cama


Es tal vez, la manera más grotesca de perder el tiempo. No es dormir, ni siquiera es pestañear. Es la indirecta más ofensiva de tratar tu tiempo. Nada de escuchar música, nada de planear el día, nada de descansar, porque ni has hecho nada en todo el día. Síganme en este particular capítulo de la vida, que les hará entender los pecados más viles del hombre. 

Acostarse es tal vez, una de las cosas más placenteras, que mi cuerpo caprichoso me puede ofrecer. Ya sea después del ejercicio, un día de trabajo, o un rato sentado como asalariado; es la cama, un trono de la flojera. Nido de la hueva y esposa de la espalda, la cama es mi lugar preferido para desperdiciar todo mi potencial como ser humano. Pensar vanidades, recordar tonterías, extrañar a la extrañada, intentos vanos de meditación, y el más importante, tirar la hueva con total blasfemia de pudor, hacen de mí el bulto más culto de la esquina. 

Disfrutar la nada, es a mi parecer, el placer más perfecto. Y con excepción de la cómoda respira flatulencias, acostarse es el afrodisiaco más sencillo y barato. No puedo culpar ahora a los vagabundos que hacen de mi placer toda su vida, digo, es demasiado bueno. Lanzar tu cuerpo al desperdicio de los días, es como ser un rico que destruye sus autos por diversión. Es un deseo natural del hombre próspero, el desacerse de lo que más tiene, en mi caso, el tiempo. Y qué digo tiempo, qué digo potencial, qué digo ingenio ni qué idea del mundo. Lo tengo todo, y prefiero tener nada. Porque algo es mejor que nada, pero nada es mejor que todo, ALGO es lo que siempre nos agrada más. 

Esa escasez que buscamos, ese último trago que disfrutamos, los últimos besos, las últimas palabras. Todo es porque preferimos poco a mucho. 

Yo lo aplico a mis días, merezco mediocridad entre tanta prosperidad. Es mi pecado de amanecer tardío y beber sin contención. Es mi vicio el no enviciarme, mantener condición. Acostarme es para mí, como es para ti besar una modelo, o ser deseada por un deportista. En pocas palabras, lo mío es desbordar la comodidad en un acto de simple horizontalidad. Y no acto debería ser el dejar de actuar, sin embargo tengo complejo de existencia y no lo puedo negar. 

Déjenme invicto de triunfos, y hagan de enigma mi vida de apatía. Disfrutemos de la nada para sufrir/gozar de esa escasez tardía.